A menudo me preguntan si creo que Cataluña será independiente. Mi respuesta es que sí. Lo creo. No sé cuando, pero en mi opinión lo será a medio plazo.

España y Cataluña no comparten un mismo sentido identitario. Y este es para mi el principal argumento. Además, son sentidos identitarios que atraviesan momentos distintos en su propia evolución. La falta de voluntad para resolver las diferencias políticas no juega mucho a favor de la madurez democrática española. Las políticas de recentralización y, por lo tanto, de asfíxia de las periferias (en especial aquellas con mayores aspiraciones), tampoco ayudan a pensar que España se haya movido de sus posiciones ideológicas tradicionales y den cabida a la expresión de los anhelos que pueblos como el catalán vienen reclamando desde hace tiempo. Una España desatada de las cadenas que la unen al pasado es potencialmente una fuente de inspiración e ideales para el conjunto de la humanidad. Pero una España por desatar de estos lastres es una condena para ella misma y para quienes la rodean.

Cataluña, no exenta de defectos que debe corregir urgentemente (como la corrupción, la brecha social o la gentrificación), persigue sus deseos y pide expresarse ante el mundo de la manera como es: ella misma. Sin intermediarios. Lo estamos viendo desde el año 1992. El boom de su capital y el posicionamiento de esta región a escala global son prueba de ello. Las dificultades en crear un corredor de mercancías que discurra por el litoral catalán, los cortapisas para obtener rutas aéreas de largo alcance que unan Barcelona y otras capitales munidales, los recortes en leyes contra la pobreza y los desahucios o a favor de la igualdad de género, sin entrar en los agravios económicos tan controvertidos, son algunos ejemplos de libertades reprimidas que explican lo que sucede hoy.

Con sus virtudes y sus defectos, pienso que Cataluña sigue un proceso evolutivo en su consciencia que debería llevarlo a la libertad de forma natural. Sin embargo, España quedó retenida en algún momento de su pasado y no ha sabido superarlo. En este sentido, considero que el nacimiento de un estado catalán puede ser un gran estímulo para estas dos naciones peninsulares. Pero si a pesar de ello, España persiste en mantener sus posturas mentales, verá como lentamente, su integridad se deteriora y otros territorios singulares buscan una salida parecida a la catalana.

Puede que la cuestión de la independencia responda a argumentos históricos, culturales, políticos, económicos y sobretodo, sentimentales. Pero bajo mi punto de vista, todas ellos cuentan con un denominador común: la verdadera cuestión de fondo tan solo responde al desarrollo de la consciencia de una nación.

Quisiera pensar en un mundo sin fronteras. En realidad, creo que esto llegará algún día. Seguramente mucho más lejano que la independencia catalana. Pero para alcanzar dicha meta, las naciones deberán acceder a esta condición de unidad desde la Libertad. Y ahora, eso es lo que está en juego.

Es por todo ello que, con el fin de ayudar al progreso evolutivo natural de Cataluña, el 1 de octubre votaré “SÍ a la independencia”.

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